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A correspondencia de Fradique Mendes

  From Content: 'A minha intimidade com Fradique Mendes comeou em 1880, em Paris, pela Paschoa,?justamente na semana em que elle regressra da sua viagem Africa Austral. O meu conhecimento porm com esse homem admiravel datava de Lisboa, do anno remoto de 1867. Foi no vero d'esse anno, uma tarde, no caf Martinho, que encontrei, n'um numero j amarrotado da Revoluo de Setembro, este nome de C. Fradique Mendes, em letras enormes, por baixo de versos que me maravilharam.Os themas (os motivos emocionaes, como ns diziamos em 1867) d'essas cinco ou seis poesias, reunidas em folhetim sob o titulo de Lapidarias, tinham logo para mim uma originalidade captivante e bemvinda. Era o tempo em que eu e os [2] meus camaradas de Cenaculo, deslumbrados pelo Lyrismo Epico da Lgende des Sicles, o livro que um grande vento nos trouxera de Guernesey?decidiramos abominar e combater a rijos brados o Lyrismo Intimo, que, enclausurado nas duas pollegadas do corao, no comprehendendo d'entre todos os rumores do Universo seno o rumor das saias d'Elvira, tornava a Poesia, sobretudo em Portugal, uma monotona e interminavel confidencia de glorias e martyrios de amor. Ora Fradique Mendes pertencia evidentemente aos poetas novos que, seguindo o Mestre sem-igual da Lgende des Sicles, iam, n'uma universal sympathia buscar motivos emocionaes fra das limitadas palpitaes do corao? Historia, Lenda, aos Costumes, s Religies, a tudo que atravs das idades, diversamente e unamente, revela e define o Homem. Mas alm d'isso Fradique Mendes trabalhava um outro filo poetico que me seduzia?o da Modernidade, a notao fina e sobria das graas e dos horrores da Vida, da Vida ambiente e costumada, tal como a podemos testemunhar ou presentir nas ruas que todos trilhamos nas moradas visinhas das nossas, nos humildes destinos deslizando em torno de ns por penumbras humildes.Esses poemetos das Lapidarias desenrolavam com effeito themas magnificamente novos. Ahi um Santo allegorico, um Solitario do seculo VI, morria uma tarde sobre as neves da Silesia, assaltado e [3] domado por uma to inesperada e bestial rebellio da Carne, que, beira da Bemaventurana, subitamente a perdia, e com ella o fructo divino e custoso de cincoenta annos de penitencia e d'ermo: um corvo, facundo e velho alm de toda a velhice, contava faanhas do tempo em que seguira pelas Gallias, n'um bando alegre, as legies de Cesar, depois as hordas de Alarico rolando para a Italia, branca e toda de marmores sob o azul: o bom cavalleiro Percival, espelho e flr d'Idealistas, deixava por cidades e campos o sulco silencioso da sua armadura d'ouro, correndo o mundo, desde longas ras, busca do San-Gral, o mystico vaso cheio de sangue de Christo, que, n'uma manh de Natal, elle vira passar e lampejar entre nuvens por sobre as torres de Camerlon: um Satanaz de feitio germanico, lido em Spinosa e Leibnitz, dava n'uma viella de cidade medieval uma serenada ironica aos astros, gottas de luz no frio ar geladas... E, entre estes motivos de esplendido symbolismo, l vinha o quadro de singela modernidade, as Velhinhas, cinco velhinhas, com chales de ramagens pelos hombros, um leno ou um cabaz na mo, sentadas sobre um banco de pedra, n'um longo silencio de saudade, a uma restea de sol d'outono.'


La niña robada

  De Capitulo Uno: 'La mañana era hermosa; el cielo estaba claro y profundo como un mar azul; el sol desprendía del follaje de las encinas un perfume penetrante que dilataba los pulmones y daba bienestar al corazón. Catalina salió de su choza y se adelantó hasta la orilla del bosque, por un sendero que, dando varios circuitos, conducía a la calzada de la aldea de Orsdael. Aunque caminase muy ligero, iba mirando al suelo como una persona cuyo espíritu está oprimido por el peso de alguna inquietud. Y hasta de cuando en cuando meneaba la cabeza, volviendo los ojos hacia el castillo, con expresión de tristeza. Pensaba, sin duda, en la suerte de Marta Sweerts, en las sangrientas afrentas que tenía que sufrir todos los días, en la inutilidad de los esfuerzos para descubrir el impenetrable secreto. Cuando llegó a la carretera, advirtió al intendente que iba unos cien pasos delante de ella. Esto la alegró porque no había visto a Marta desde hacía una semana. Esperaba que si podía entrar en conversación con Mathys, sabría noticias de su amiga, y quizá esta ocasión le permitiría decirle algunas palabras en su favor. Apresuró el paso hasta que alcanzó al intendente. Cuando estuvo a su lado le dijo en tono cortés, casi acariciador: —Buen día, señor Mathys. ¡Qué cielo tan claro! ¡Qué aire tan puro! Parece que uno se sintiera rejuvenecido, ¿verdad? —Sí, hace buen tiempo... Buenos días—murmuró Mathys sin mirar a la campesina. Dicho esto, acortó el paso como si quisiera quedarse más atrás. —Perdone, señor intendente, que me atreva a hacerle una pregunta: mi respeto, mi afecto por usted son mi disculpa. Parecéis estar enfermo, pero confío que no será nada. —No estoy enfermo—respondió Mathys refunfuñando. —¿Quizá tendréis un disgusto o habréis sido también objeto de una injusticia? —Sí, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos, Catalina, habéis contribuído a ello más que nadie; pero quiero creer que vos, lo mismo que yo, habréis sido engañada por una falsa apariencia. —¡Que yo soy la causa de vuestra tristeza!—exclamó la campesina con sorpresa—. ¡Imposible, señor intendente! —¿No me ha hecho en toda ocasión elogios exagerados de la nueva aya? ¿No me habéis pintado a vuestra amiga como una mujer buena, atenta y amable? ¿No llegasteis hasta hacerme creer vos misma que estaba agradecida a mi amistad y me tenía algún afecto? —¿Y no es así, señor? —Callaos, Catalina; el aya es orgullosa, mal educada y colérica. Al principio supo disimular sus defectos; pero ahora apenas si se digna responderme. Tiene un humor áspero y sombrío. Casi estoy por creer, cuando reflexiono respecto de su conducta arrogante, que me mira como su sirviente. Para protegerla contra la condesa, me expongo de la mañana a la noche a sufrir altercados y disgustos... ¡Y ser recompensado por un frío desdén! No, no, esto no puede continuar. Hace demasiado tiempo que dejo turbar mi tranquilidad en beneficio de una ingrata. ¡Es preciso que parta de Orsdael!'

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